viernes, 13 de enero de 2017

Underworld: Guerras de sangre (Anna Foerster, 2016)

11:31

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Llega a las pantallas españolas la quinta entrega de la saga cinematográfica Underworld.
Confieso sin rubor que me quedé en la primera entrega y jamás tuve ningún interés por recuperar las películas restantes.
Me sorprendió bastante que la saga continuara ya que, según me contaban aquellos que habían seguido las peripecias cinematográficas de la vampira Selene, la cosa no daba para mucho y la saga se iba desinflando según se iban estrenando las diferentes secuelas.
Reconozco que tenía cierta curiosidad morbosa por ver esta nueva Underworld: Guerras de sangre, sobre todo para comprobar si las películas eran tal como me las pintaban y de esta manera averiguar de primera mano si alguien ajeno a la saga, como más o menos era mi caso, podría entrar con facilidad a la misma con esta quinta entrega.
Craso error.
Esta Guerras de sangre, a pesar de un resumen bastante extenso de las entregas anteriores, no hace ninguna concesión al espectador neófito.
Por lo tanto, avisados estáis aquellos que no hayáis visto las entregas anteriores y os acerquéis al cine a verla, ya que ponerse al día de todo lo ocurrido resulta bastante duro y realmente cuesta enterarse de lo que ha pasado.
A pesar de todo el bagaje argumental de cuatro películas previas, el argumento de Guerras de sangre es de lo más sencillo: los hombres lobo están en guerra contra los vampiros desde tiempos inmemoriales, y para colmo estos últimos tienen entre sus filas luchas de poder intestinas que ríete tú de las de Juego de Tronos.
Ya que sale a la palestra Juego de Tronos, hay que señalar que mucho de la estética de esta nueva película bebe directamente de la exitosa serie, al presentarse una antigua comunidad de vampiros que visten de blanco y viven en el gélido Norte (a lo Guardia de la Noche) que no desencajarían en absoluto en la obra creada por George R. R. Martin o incluso en El Señor de los Anillos.
Podríamos decir que Underworld goes medieval con esta quinta entrega, ya que aquí brillarán con luz propia los castillos y los enfrentamientos con espadas, aunque podamos seguir disfrutando aún de gloriosas balaseras con armas automáticas entre licántropos y vampiros.
Por lo demás, la película es bastante anodina, previsible y, como tabhe mencionado, extremadamente árida para los nuevos espectadores que tendrán la impresión de estar viendo el capítulo tropecientos de alguna serie de largo recorrido.
Sinceramente, y sin haber visto las tres entregas previas, dudo mucho que esta nueva entrega aporte algo novedoso a la franquicia aparte de poder ver un nuevo cambio de imagen de Kate Beckinsale, cuyo trabajo actoral, por cierto, pasa sin demasiada pena ni gloria durante la hora y media de metraje. Algo a lo que no son ajenos el resto del reparto, incluido un siempre competente Charles Dance, a los que vemos deambular por la cinta pensando en el cheque que recibirán tras terminar el rodaje. No obstante si salvaría de la quema, aunque no demasiado, a la atractiva Lara Pulver, que está especialmente histriónica en su papel de villana.
En el apartado de efectos especiales resulta realmente sangrante que estando rodada en 2016 algunas transformaciones de loa hombres lobo tengan el nivel que se muestra, lo que denota bastante el exiguo presupuesto con el que deben haber contado para rodar la película.
Personalmente, sólo os recomendaría de verdad esta película si sois fans auténticos de Underworld. Fans que, por lo visto hasta la fecha, deben ser ante todo extremadamente fieles y lo suficientemente numerosos como para haber conseguido que una saga totalmente agotada, haya llegado a alcanzar de manera bastante sorprendente las cinco entregas que llevamos hasta la fecha, contando prácticamente la misma historia desde su primera entrega. Y eso que la idea de partida de una guerra secreta entre hombres lobo y vampiros era, y sigue siendo, realmente atractiva, pero ni con esas.
Resumiendo, película totalmente prescindible apta únicamente para los muy cafeteros de la saga, de la que podríamos rescatar alguna que otra escena de acción sobre el hielo del último tercio y tener una nueva ocasión de volver a ver a la Beckinsale embutida en ese ajustado traje de cuero negro que le queda más apretado que los tornillos de un submarino.

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